

El paseo de Bariloche a El Bolsón por su ruta pavimentada es un calidoscopio sorprendente, pues entrar en un caracol y escuchar su música que no es marina sino terrenal. Mientras el amigo que conduce el automotor debe tener la visión despierta ya a la derecha, ya a la izquierda, ya al centro, el acompañante enmudece pues la Madre Naturaleza nos amamanta y saboreamos la dulzura de su amor que regodea todos nuestros sentidos.
En sus lagos hay rafting, canotaje, yachting, como si fuera la montaña rusa el vértigo nos hace vibrar y se nos escapan gritos que matizan emociones que nunca habíamos conocido. Es la libertad, romper cadenas que no sabíamos que como telearañas nos tenían apresados. Al final nos vamos con la creencia que hemos crecido y es verdad al llegar al fárrago porteño.
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