Este relato en primera persona en arreglo de Sofía Laferrère de Pinedo, está basado en el expediente del proceso que le hicieron al Coronel Don José María de Pinedo, para esclarecer la conducta que tuvo en la Isla de la Soledad y que obra en poder del Consejo Superior de las Fuerzas Armadas. Dicho expediente está publicado en su integridad en el libro: “Malvinas, su extraño destino” de Enrique Pinedo (Ed. Corregidor, 1994).
Habla el Teniente Coronel de Marina, Don José María de Pinedo
El 9 de marzo de 1833, yo el Teniente Coronel de Marina, José María de Pinedo, fui condenado a mi absoluta separación de la Marina y suspendido de mi empleo por cuatro meses, después de los cuales sería incorporado a la Plana Mayor del Ejército permanente.
El procedimiento judicial que llevó a esa condena, tuvo reconocidos errores pero, prescindiendo de ellos, quedará para siempre en mi ánimo haber sido acusado de no impedir que fuera arriado en la Isla Soledad de nuestras Islas Malvinas el pabellón de la Argentina y enarbolado en su lugar el de Su Majestad Británica.
Cuando a bordo de la Goleta Sarandí salí del Puerto de Buenos Aires el 22 de septiembre de 1832, hacia las Islas Malvinas, con órdenes precisas del gobierno de Buenos Aires, lejos estaba de imaginar los hechos que pasaré a relatar.
Llegué al Puerto de San Luis el 6 de octubre y cumplí con las instrucciones del Ministro de Guerra y Marina de poner en posesión del mando de las Islas al mayor Don Esteban Mestivier. Con él venían su mujer, tropas y sus familias y varios individuos más pertenecientes a Don Luis Vernet. El tiempo estaba horrible. La lluvia, la nieve y el viento no hicieron posible que cumpliera ese cometido sino tres días después, en que pudimos también afianzar con salva el pabellón nacional en emotiva ceremonia. ¡Tan lejos! ¡Tan solos en esa geografía inhóspita y perdida!
Habiéndome asegurado de que todo estaba en orden, salí el 21 de noviembre a recorrer las islas por la costa Sur para detectar barcos piratas, según las órdenes recibidas. Encontré dos buques americanos a la pesca de ballenas: el Bergantín Unax que había perdido sus anclas, al que auxilié para asegurarlo hasta que llegara una fragata americana con la que debía reunirse y en la Isla Nueva avisté a la goleta Sol, dedicada a la pesca de lobos en esa isla, lo que le prohibí y ordené que se fuera.
El hombre huyó y me costó una mañana entera perseguirlo hasta que le di caza en un puerto de la isla. Parece que había tenido varios episodios con un buque americano y otro con Bandera oriental que andaban armados y a los cañonazos, no respetaban a nadie y se habían dirigido después al Estrecho de Magallanes. Yo sabía que el buque de bandera americana estaba cometiendo actos de piratería: en el Puerto de la Soledad, habían obligado a la fuerza a los peones a que les dieran carne, a balazos mataron a varios caballos y se llevaron los cueros. Resolví entonces perseguirlos hasta el Estrecho, sin éxito, y emprendí la vuelta a Malvinas, puerto de San Luis, el 26 de Diciembre adonde llegué el 29.
Documental de History Channel - Parte 5
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El 30 a las seis de la mañana vinieron a mi bordo dos botes, uno de la goleta inglesa Rapid, a la que yo le había facilitado mis carpinteros para arreglos que necesitaba, y el otro con el Ayudante argentino Gomila armado de pistola y sable, con dos individuos de la isla. Las noticias que traía no eran buenas: en la isla había habido un motín de la tropa a su mando, habían asesinado al comandante Mestivier, tenía siete presos en la goleta inglesa Rapid que estaba en el puerto por los trabajos de refacción, y el resto de la tropa se encontraba en pleno desorden.
Yo me dirigí enseguida al puerto, bajé a tierra y encontré efectivamente todo en desorden y abandono y los cómplices del motín en pleno saqueo. Le di orden a Gomila de que me pasase un parte urgente y que mandara a formación. Como no había otro oficial, tuve que nombrarlo fiscal de la causa y al subteniente Luciano Listas de 19 años, secretario.
El 1º de Enero se me presentó Listas con acusaciones de las trapisondas que estaba haciendo Gomila, quien al parecer tomaba mal las declaraciones y ponía lo que se le daba en gana. Tres vecinos apoyaban sus denuncias y agregaban que era un personaje criminal, que mientras estaba al mando favorecía el desorden, que amenazaba a la tropa y tiraba tiros de bala al aire; que esa noche dijo a la tropa que se llevaba a la mujer del finado Mestivier a los cerros, que la insultaba y había dejado que le robaran todo; que la obligó a vivir con él en la misma habitación y festejaba la muerte de su marido, diciéndole que por bárbaro le había pasado todo eso. Indignado llamé a Gomila a bordo, le reconvine severamente por su conducta, le obligué a que me entregara el reloj que le había robado a Mestivier cuando lo mató, haciendo alarde y mostrando la hora a su esposa a cada instante. Dejé al hombre arrestado, armé algunos soldados míos al mando del sargento y bajé a tierra para poner orden en una tropa de 18 individuos, entre ellos varios criminales. Los amenacé con un castigo terrible si no mejoraban su comportamiento, recogí todo el armamento que se hallaba en parte destrozado y los mandé a bordo junto con dos soldados que habían hecho atrocidades con el finado comandante arrastrándolo a los golpes. Por suerte el resto de la tropa quedó contenta y fue el primer día de paz después del asesinato.
Poco duró la paz y mi necesidad de estudiar con tranquilidad una salida a la situación inesperada en que me encontraba. Eran las 9 de la mañana cuando vimos entrar una Corbeta de guerra inglesa, la Clio. Envíe a un oficial mío Mr. Mason y al cirujano de la Sarandi Dr. Clark a ver que significaba la visita y su Capitán, el inglés Onslow, sin dar explicación, les dijo que tenía que hablar conmigo y que apenas aferrara su velamen, se apersonaría ante mí. A las 3 de la tarde llegó acompañado por dos oficiales y, a boca de jarro, dijo que venía a tomar posesión de las Islas Malvinas ya que pertenecían a S.M.Británica. Procedía del Río Janeyro acompañado de otra fragata y tenía orden terminante de poner el Pabellón Inglés, de embarcar a nuestra tropa junto con los demás habitantes y cargar todo lo que nos pertenecía para llevarlo a Buenos Ayres. Me ordenó que hiciese arriar la bandera argentina que estaba en tierra a la mañana siguiente.
Yo no podía salir de mi asombro y me negué a cumplir sus pretensiones sin antes recibir órdenes de mi Gobierno, ya que mi misión era justamente traer a las nuevas autoridades argentinas. Le protesté que bajo su palabra de honor me dijera si estábamos en estado de guerra con la Gran Bretaña. Me aseguró que no, que su misión era continuar con la amistad y el comercio de siempre y que le extrañaba que yo no supiera nada de eso. Quedó en mandarme la comunicación con las supuestas órdenes dadas por el Jefe de las fuerzas de Su Majestad Británica. No variaban en nada las pretensiones del marino. Al no tener yo las órdenes de mi gobierno, traté al instante de resistirme y no consentir lo que se me pedía.
El drama era que toda mi tripulación desde el contramaestre a los demás oficiales, eran ingleses, excepto 4 marineros y 6 muchachos, 3 de edad de 10 a 12 años, de capacidad nula y 14 hombres de tropa, tres ingleses. Así fue que los reuní, haciéndoles ver cuál era su deber y cuál el mío y que al día siguiente tendrían que hacer fuego al pabellón inglés y sostener el honor del pabellón a quien servían. Les pedí que ellos, como ingleses, me hablasen francamente y me contestaron todos a una, que ellos eran ingleses y que pertenecían a esa Marina que habían servido, que no podían hacer fuego a su pabellón, que si fuera de otra Nación, ellos morirían a mis órdenes primero de ceder en nada, pero que les era muy duro hacer fuego al pabellón inglés.
A las 10 de la noche mandé al Capitán Mason y al médico a protestarle al comandante que yo no podía permitirle tomar posesión de las Islas Malvinas hasta no recibir órdenes de mi gobierno, y que si él quería hacerlo a la fuerza, yo resistiría a todo trance, que ese era mi deber. El Comandante dormía y no los recibió.
En el acto puse en libertad a Gomila dándole armamento y municiones para armar la tropa y diciéndole que a la mañana les daría órdenes. Mientras, preparé mi tropa a bordo municionándola y cargué la artillería a bala y metralla. En total a bordo y en tierra tenía 44 hombres. Con ellos debía enfrentarme a la corbeta inglesa, con una artillería tres veces superior en número y calibre que la mía y triple número de hombres. Yo no tenía ni siquiera oficial a quien hacer cargo de tropa en tierra. Para peor, las instrucciones de mi gobierno me prohibían expresamente hacer fuego a ningún buque extranjero, sólo que tuviera que defenderme cuando me viera atacado. Esta situación me obligó a pasar a bordo del barco inglés para repetir al Comandante los mismos argumentos e indicarle que mientras no viniesen órdenes de mi gobierno yo no podía consentir ningún acto que vulnerara el objetivo de mi misión. El Comandante me repitió que no había estado de guerra, que la amistad y el comercio seguían como siempre, pero que sus órdenes eran claras. Poner el pabellón inglés en tierras de Su Majestad, embarcar oficiales, tropa, habitantes y propiedad de nuestro Estado y conducirlo a Buenos Ayres, respetar a los hombres que quisieran quedarse y respetar sus propiedades, que yo retirase mi tropa de tierra y arriase el pabellón argentino, que ellos triplicaban nuestras fuerzas y que, además, esperaban refuerzos.
Viendo perdida toda posibilidad de arreglo y - por qué no - de defensa, tomé la dura decisión de embarcar a los 16 soldados que se hallaban en tierra, para el caso de que hubiera que defender el buque, y nombré por un documento como Comandante Político y Militar de las Islas Malvinas a su capataz, Don Juan Simón, ordenando que no se arriase ningún pabellón argentino. A las 9 de la mañana desembarcaron en la punta del puerto de San Luis tres botes de la corbeta inglesa con 18 soldados, marinería, el Comandante y algunos oficiales y, al lado de la casa de un inglés, pusieron un mastelero e izaron su bandera en la Casa Comandancia. A unas cuatro cuadras se hallaba nuestro pabellón izado. Se dirigieron allí un oficial y un soldado, lo arriaron. La tropa se embarcó y un oficial vino a mi bordo entregándome la bandera. Yo sabía que mi posición era indefendible y mi tripulación pudo decir que, de haber peleado con la Clio, en poco tiempo la Sarandí se hubiera ido a pique. Con la garganta cerrada, sin comprender todavía la gravedad de la situación insólita en que estaba y que debía resolver en soledad total, hice mi última protesta al Capitán inglés sobre la posesión de la Isla. Me contestó que en el caso de que yo hiciera fuego, me protestaba la paz que había entre nuestras Naciones, que tuviera en cuenta que me cuadriplicaba en fuerzas y que una goleta inglesa, la Rapid, estaba en el puerto.
Yo tenía en claro cuáles eran las instrucciones que me dio el Superior Gobierno: “El Comandante de la Goleta de Guerra Sarandi guardará la mayor circunspección con los buques de guerra extranjeros, no los insultará jamás, mas en el caso de ser atropellado violentamente y que sólo hiciera fuego llenará en toda su extensión el artículo 41 del CódigoNaval...”
Impotente y teniendo que asegurar en todo caso el estado de mi tripulación y de los civiles, resolví embarcar a las familias, tropa y peones que elegían volver a Buenos Ayres. Llené mi aguada, recogí algunos útiles que estaban en tierra y, cuando la marea me lo permitió, dejé el suelo y los mares patrios.
Apenas llegado fui puesto en arresto y sometido al Consejo de Guerra de Oficiales. El juicio tuvo reconocidos errores de procedimiento. Además, los testimonios de tripulantes ingleses y otros como el de Gomila, acusado de homicidio y abusos a la mujer del Comandante Mestivier, carentes de verosimilitud en la mayor parte de sus pasajes, me pusieron en inferioridad de condiciones, acentuadas porque recién al final del juicio tuve un defensor en la persona del General Don Félix de Alzaga. No obstante, la condena fue sugestivamente leve. Al final de mi vida, estoy orgulloso de mi foja de servicios posteriores. Mi decisión de volver de las Islas sin presentar una inútil batalla, tuvo el propósito de salvar vidas y bienes pero, más que nada, necesitaba dar parte de lo ocurrido a las autoridades, con la ilusión de que se decidiera volver con fuerzas superiores para expulsar al usurpador inglés. Otras eran las prioridades que ocupaban a nuestro gobierno en esos momentos.
Tiempo después tuve noticias de un juicio a que habían sido sometidos habitantes argentinos de las Islas por robos y acusaciones mayores. No me llamó la atención, porque eran tierras aquellas, donde no eran todos santos los que se le acercaban. ¡Quién sabe cuándo volverán a ser argentinas, para poblarlas en aras del progreso y del orgullo nacional!
Muchos años después, en 1890, la Armada Argentina impuso el nombre de Pinedo a una torpedera de primera clase. En 1937, le fue colocado su nombre al rastreador M6, que fue reducido y vendido en 1969.
A fin de conocer la verdad, esta pequeña gran historia, medio oculta y desconocida, sobre la cual se están tejiendo versiones fabuladas y dañosas, debe ser rescatada del olvido y de la ignorancia recurriendo a las fuentes.
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