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Capítulo X - Ataque inglés a Puerto Soledad

Ponemos en duda la afirmación categórica, generalmente aceptada, de que esa agresión norteamericana contra las Malvinas fue la causa directa de la reaparición de la Gran Bretaña , cuya codicia—se dice—despertó el ruido de la disputa. Sin contar con que las codicias territoriales de Inglaterra no necesitan ser despertadas
(Nota: no olvidemos que entre ambas naciones hay un parentesco de sangre).
Sabemos que el Encargado de Negocios Woodbine Parish había protestado en noviembre de 1829 contra el Decreto argentino que reorganizaba el comando de las Malvinas. Es ocioso decir que el gobierno inglés debió tomar sus medidas y comunicar sus intenciones al contraalmirante Sir Thomas Baker, jefe de la División Naval del Atlántico Sur, sea dejándole facultad de elegir el momento oportuno, sea indicándole que esperara nuevas instrucciones.
Es probable, a pesar de todo, que el incidente norteamericano indicara la hora de proceder. A esto sin duda debió limitarse su influencia en los acontecimientos que siguieron, cuya verdadera causa debe ubicarse en el estado de anarquía política y social que desgarraba estas infelices comarcas y las convertía en presa fácil para las monarquías europeas.

Goleta Sarandí Hemos visto que el gobierno de Buenos Aires por Decreto del 10 de septiembre de 1832, había nombrado a D. Juan Mestivier comandante interino de las Malvinas “en ausencia de D. Luis Vernet, impedido”.

La goleta de guerra Sarandí que lo conducía debía quedar agregada al servicio de las islas y los hombres a establecerse en la parte del territorio alrededor de Puerto Soledad, que el Estado argentino se había reservado. Vernet no volvería a ver más su colonia arruinada, de la que su agente Brisbane recogería los despojos.
En efecto, los soldados que se enviaban allá eran deportados, criminales o vagabundos condenados, según la costumbre de entonces, al servicio de las armas; y su envío significaba un ensayo de colonia militar y penal.—es decir un “presidio” - en el doble sentido de la palabra. La medida en sí era plausible y se sabe que en las florecientes colonias australianas no tienen otro origen. Evidentemente la primera condición de éxito residía en que los guardianes fuesen guardados. Con insuficiente custodia o, tal vez, maltratados, aquellos se amotinaron a instigación de un sargento negro u asesinaron al sargento mayor Mestivier.
El comandante de la Sarandí, D. José María Pinedo, al frente de sus hombres ayudados por algunas balleneros franceses, se ocuparon en capturar a los bandidos diseminados por la isla, cuando la entrada a puerto de la corbeta Clío, que enarbolaba pabellón inglés, lo sorprendió en tan triste tarea. El comandante Pinedo envió inmediatamente dos oficiales al comandante inglés, portadores de sus saludos y ofrecimiento de sus servicios. El comandante Onslow muy correcto agradeció y anunció que retribuiría sin demora la atención.
El mismo día visitó Onslow la Sarandí - era el 1º de enero de 1833 — tenía orden de tomar posesión de las Falkland en nombre de S.M. Británica y enarbolar allí la bandera inglesa; concedía al Comandante Pinedo veinticuatro horas para arriar la argentina y preparar el embarque de la guarnición, con armas y bagajes, en el buque que la devolvería a Buenos Aires.
A las vanas protesta de Pinedo (“atentado maldito, en plena paz, naciones amigas, etc), Onslaw tieso y con helada cortesía, se limitó a responder, al despedirse: que tendría el honor de trasmitir sus instrucciones por escrito al día siguiente, cosa que efectivamente hizo.
La desproporción de las fuerzas era tal que toda resistencia seria, capaz de costar la vida de un solo hombre, habría sido una locura. La bandera argentina que Pinedo rehusó tocar, fue entregada abordo de la Sarandí por un oficial inglés. El 3 de enero el comandante de la Clío tomó posesión de Puerto Soledad, con las ceremonias ordinarias. El día 5 y luego de haber delegado Pinedo en Juan Simón, empleado de Vernet, el comando provisional de Puerto Soledad, la Sarandí se pone en viaja a Buenos Aires, adonde llegó el 15. Por su parte, la corbeta inglesa no prolongó su estadía. Carente de otras órdenes, su comandante hizo a la vela sin dejar autoridades en Port Louis, después de confiar la custodia de la bandera al irlandés Dickson.
Cuando el capitán Fitz Roy, que antes había comprobado la destrucción del establecimiento por la tripulación de la Lexington, volvió a pasar en agosto de1 mismo año, Brisbane, Dickson, Simón y otros dos colonos—uno alemán y el otro francés—habían sido asesinados por los bandidos dispersos por la isla; solo a duras penas los marinos destacados del Beagle y del Challenger (otro navío inglés que había fondeado en Berkeley Sound) lograron, tras semanas de lucha, apoderarse de los salvajes y hacer justicia. (Debieron compararse esas escenas con las de colonia de Vernet, del que un oficial amigo de Fitz Roy nos ha dejado un croquis encantador y decir “¡he aquí lo que han ganado las Falkland, por largos años, con la intervención violenta y sucesiva de dos naciones que pretenden una situación superior entre las potencias civilizadas”).

Nota: El próximo Capítulo XI abordamos: “Protesta del Gobierno Argentino”

 





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