Cumpliendo aquel compromiso, los españoles volvieron a Puerto Soledad y los ingleses se reinstalaron en Puerto Egmont. Desde entonces se mantuvo un extraño condominio que duró casi tres años y según el cual los primeros permanecieron técnicamente dueños del archipiélago, con la única condición de dejar a los ingleses con su posesión del establecimiento de la isla Saunders —la cual, insistimos en ello— no es absolutamente la Gran Malvina o West-Falkland de las controversias, como han dejado decirlo, por ignorancia o ligereza, los españoles y sus sucesores.
El convenio no fue bien recibido ni en España, ni en Inglaterra. En Londres se censuraba la cláusula de la soberanía de las Malvinas reservada –vale decir retenida — por España. Significaba, según se hacía notar en el Parlamento, el reconocimiento expreso de los derechos de España sobre las Falkland y a los ojos de Europa “la justificaba (a España) de antemano si cuando lo juzgase oportuno las reconquistaba por las armas”.
Después de esto, cuando lord Palmerston, sesenta años más tarde, con su respuesta del 8 de enero de 1834, cerraba la boca de nuestro enviado Manuel Moreno, al afirmar en tono perentorio que “los derechos de la Gran Bretaña a la soberanía de las islas Falkland fueron sostenidos y mantenidos sin equívoco durante las controversias de 1770 y 1771”. Puede decirse sin faltar al respeto a la memoria del ilustre hombre de Estado, que pasaba ese día los más amplios límites del buen humor, aun del buen humor británico.
El 22 de mayo de 1774, dos años y ocho meses después de la recuperación, por conveniencias de la política exterior británica y para conciliarse con España, Puerto Egmont fue evacuado. Como restos durables de la permanencia inglesa quedaban los parapetos del fuerte y una inscripción grabada sobre placa de plomo, en la que se afirmaba la pertenencia de las islas Falkland a su Sacra tísima Majestad Jorge III.
El abandono ficticio o real de Puerto Egmont le ofrecía más ganancia que pérdida, sobre todo si, con su acostumbrada duplicidad, retenía por un hilo invisible la presa que aparentaba soltar. Poco importa, en el fondo, que desde entonces Inglaterra haya o no acariciada la intención oculta de reivindicar algún día el territorio que simulaba devolver a sus legítimos dueños. Los derechos de España no derivan de una concesión de Inglaterra, como se ha demostrado por la historia de los descubrimientos y ocupaciones sucesivas del archipiélago.
La Ocupación Española
La administración española de las Islas Malvinas, inauguraba en Puerto Soledad el día de la cesión hecha por el capitán francés Bougainville, continuó desarrollándose sin obstáculo ni interrupción durante los cuarenta últimos años del imperio colonial hispano.
Los gobernadores de las Islas Malvinas—tal fue desde entonces su único nombre reconocido—eran, generalmente, oficiales de la flota real, nombrados por el Ministro de Marina, pero dependientes en lo administrativo del Virrey de Buenos Aires. Se puede seguir en los documentos oficiales la sucesión ininterrumpida de tales funcionarios.
Por esta época y para regularizar las comunicaciones entre el archipiélago y el continente, se englobó la comandancia de Puerto Deseado y se decidió que cuatro bergantines del apostadero del Río de la Plata navegaran regularmente entre Montevideo, Puerto Deseado y las Malvinas. Esta organización persistió hasta la caída del régimen colonial.
En una nota del 18 de diciembre de 1807, el comandante Juan Crisóstomo Martinez, que fue el ultimo gobernador colonial de Puerto Deseado y las Malvinas, explicaba al Capitán General del Río de la Plata, D. Santiago Liniers, que se acercaba a Buenos Aires—escribía desde Río Negro—ante el anuncio de un ataque de los ingleses: ya se sabe que las tropas de Whitelocke, derrotadas por las de la “Defensa” –en Buenos Aires—debieron capitular y reembarcarse en agosto y septiembre de ese año. La cadena, rota en un instante por la violenta sacudida de la Independencia (argentina), se reanudó casi enseguida por la instalación de un nuevo régimen y fue necesario un golpe de fuerza de Inglaterra, tras sesenta años de tranquilo abandono, para arrancar momentáneamente a la Argentina apenas emancipada, el jirón del imperio colonial que España envejecida y extenuada había, sin embargo-, había sabido conservar.
En el Capítulo VII, se aborda: “La Ocupación Actual” y “El Gobernador Vernet”
| < Prev | Próximo > |
|---|






