Daniel Arroyo (*)
La idea es que la Argentina en el 2010 está mejor que en el 2001, o sea que en la última década hubo mejoras en las condiciones sociales. Efectivamente hoy tenemos menos pobreza, menos indigencia y menos desigualdad que en el 2001, que fue el peor momento histórico de la Argentina, pero tenemos aún indicadores sociales peores que hace 20 ó 30 años. No hemos logrado reconstruir todavía un sistema de derechos,
de inclusión social y sigue teniendo niveles de pobreza, de exclusión social, mucho más altos que históricamente tuvo.
La situación social de la Argentina básicamente tiene seis problemas, que tienen que ver con la vulneración de sus derechos.
El primero es la pobreza extrema. Tenemos todavía un 10% de gente que no tiene lo mínimo, no tiene piso de material, no tiene los servicios básicos, que esta situación de pobreza estructural, que aún con crecimiento económico no ha mejorado sus condiciones e vivienda, de habitabilidad, de estudios, ni de trabajo.
El segundo punto tiene que ver con la vulneración de los derechos dentro de la informalidad económica. El 40% de la gente está en el sector informal de la economía, no tienen recibo de trabajo y por ende no tiene cobertura social, no tiene beneficio sindical, no tiene claro si se va a jubilar, está en situación de precariedad. Están en el marco de la vulnerabilidad, están agarrados con alambre. Es la informalidad económica.
El tercer punto tiene que ver con el tema de la desigualdad. En la década del 70 la diferencia entre el 10% más rico y el 10% más pobre era de siete a uno, cada siete pesos que ganaba el rico, un peso ganaba el más pobre.
En el 2001 esa diferencia fue de 44 a 1, el rico ganaba cuarenta y cuatro pesos y el pobre solo uno. Un proceso de concentración brutal. Para el 2010 había bajado a la relación de 28 a 1. La desigualdad en nuestro país tiene que ver con la cosa de “la ñata contra el vidrio”, con no poder acceder. Los que nos dedicamos a políticas sociales aprendemos sobre temas de seguridad, conflicto, violencia, que nacen de esa desigualdad.
El cuarto tema que me parece más complejo y el más grave es de un sector que está peor que todos los demás: los jóvenes de 16 a 24 años que no estudian y no trabajan. Son cientos de miles. Están en la calle sin hacer nada y perdidos, algunos vuelven a la escuela, están dos o tres meses y no logran sostenerse, logran un trabajo por tres o cinco meses,
Nuevamente quedan afuera, a quienes tendemos a vincular más con la violencia o el delito, que con los derechos y oportunidades concretas para poder mejorar.
Hay muchos jóvenes que en un cuarto pequeño necesitan aire para respirar y van a la calle y empiezan a consumir, porque el que no consume es raleado. Nace el problema de salud, especialmente con el paco, que deriva en el endeudamiento y allí viene alguien con una idea poco santa para cancelar la deuda. Y en los grandes centros urbanos hay voces que dice: “estos chicos son culpables de la inseguridad” y entonces estamos diciendo”no tenès ninguna posibilidad”. Se cierran todas las puertas. Es el caso del conglomerado bonaerense, del Gran Rosario, Gran Córdoba, Gran Mendoza. Gran Tucumán. Necesitamos ideas nuevas.
Y, por último, un tema menos tangible y sí un problema de derecho colectivo, tiene que ver con el rol de la sociedad civil. Hoy tenemos más Estado que sociedad civil en la Argentina. La debilidad de las organizaciones sociales dependen de los recursos de los programas que encara el Estado, que les complica su autonomía y la funcionalidad.
Un avance significativo fue el Asignación Universal por Hijo, menores de 18 años. Marca un nuevo piso de ciudadanía.
Otra cuestión central es generar políticas sociales para los que tienen trabajo como cuentapropistas, que necesitan créditos para sus máquinas y herramientas. Hay cuatro millones que trabajan como gasistas, plomeros, carpinteros, gasistas, electricistas. Son pequeños emprendedores que no tiene crédito porque no tiene propiedades, autos, van al Banco y ponen la cara y se vuelven sin nada. Si el es pobre también el carpintero que no tiene una sierra circular, que no puede hacer muebles a medida, entonces gana poca plata y se reproduce el círculo de la pobreza. Y la mujer que cose y se le rompe la máquina de coser, la ata con alambre, como va despacito hace poco, compra poca tela, gana poco y otra vez el círculo.
Falta el sistema financiero del microcrédito, que debería ser función del Banco Nación o otra institución estatal o privada, que de cabida a que comencemos por algunos miles para llegar a cubrir los cuatro millones. Ese es crecimiento económico y disminución de la pobreza.
Y otra reforma vital es la escuela. El mayor drama es cuando termina la escuela secundaria y no técnica. Hay que crear las pasantía con el sector privado para ello el Estado debe colaborar con becas por un corto período semestral. Ya tiene alas para volar solo.
Finalmente, como políticas sociales hay que inventar, crear otras ideas, otras metodologías, las soluciones deben masificarse. Como pasamos de doscientos a cuatro millones en materia de microcréditos. De novecientos mil jóvenes que no estudian, ni trabajan a cien mil.
Esta debilidad no solo es de la Argentina sino de gran parte de Latinoamérica. Hay mucho por hacer, la burocracia estatal, que alcanza a los municipios, es gigantesca. Si una persona quiere montar una panadería, necesita treinta y dos (32) pasos para ser aprobado por el Estado. Se necesita generar mecanismos de transferencia más rápidos.
Hay que reconfigurar el papel del Estado para las áreas sociales.
Importa acompañar las iniciativas en los proyectos y no estar desfasados, porque podemos tener muy buenos diseños y programas, pero muchos fuera de escala y transferidos en tiempo no real y ahí la problemática se siente. Si nos animamos a hacer una gran transformación, la Argentina debería darse vuelta de verdad.
(*) Presidente del Fideicomiso Fuerza Solidaria, ex ministro de Desarrollo
Social de la Provincia de Buenos Aires.
(Hemos realizado apretada síntesis de su exposición en el Foro
Ecuménico).
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